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La crisis de la ESE UNA: el nombramiento de Anselmo Martínez, una apuesta por la estabilidad en medio de la rotación

La designación de Martínez Charris como quinto interventor en apenas doce meses subraya la fragilidad administrativa de la entidad. El desafío ahora es frenar la parálisis institucional que amenaza la prestación de servicios de salud en el departamento.

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La crisis de la ESE UNA: el nombramiento de Anselmo Martínez, una apuesta por la estabilidad en medio de la rotación
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

La crisis de gobernabilidad en la ESE UNA ha alcanzado un punto de inflexión con la llegada de Anselmo Martínez Charris a la intervención, un movimiento que, lejos de ser una simple transición administrativa, revela la profunda fractura institucional que atraviesa la entidad. En el transcurso de un año, la dirección ha sido un carrusel de nombres que ha impedido la consolidación de una hoja de ruta clara, dejando a la institución en un estado de letargo operativo que preocupa a los usuarios y a los entes de control en el Atlántico.

Martínez Charris asume el cargo en reemplazo de Santiago Arboleda Ochoa, convirtiéndose en el quinto funcionario en ocupar esta silla en apenas doce meses. Esta sucesión vertiginosa de interventores —un promedio de un cambio cada 73 días— no es un dato menor; refleja una gestión marcada por la improvisación y la falta de continuidad en los procesos de saneamiento financiero y técnico, elementos críticos para una entidad que debe responder por la infraestructura hospitalaria y la atención primaria en la región.

Para el ciudadano de a pie, esta inestabilidad se traduce en una incertidumbre lacerante. La falta de un liderazgo sólido en la ESE UNA repercute directamente en la calidad de los insumos, la oportunidad en las citas médicas y la moral de un personal asistencial que trabaja bajo la zozobra de no saber quién dictará las directrices el mes siguiente. La salud pública, lejos de ser una prioridad administrativa, parece haber quedado atrapada en un laberinto de relevos que postergan las soluciones de fondo que la comunidad reclama con urgencia.

Desde las esferas gubernamentales, el nombramiento se presenta como un intento de retomar el control y estabilizar el rumbo de la entidad. Sin embargo, las voces críticas advierten que la simple sustitución de nombres es insuficiente si no se acompaña de una inyección de recursos y una auditoría rigurosa sobre los procesos contractuales que han sumido a la ESE en esta crisis. La presión sobre Martínez Charris es máxima: su gestión será evaluada no por sus intenciones, sino por su capacidad de frenar la hemorragia administrativa que ha caracterizado el último año.

Este escenario no es ajeno a la historia reciente de la salud en el Caribe colombiano, donde la intervención se ha convertido, en ocasiones, en un mecanismo de control ineficaz que perpetúa el clientelismo y la ineficiencia. La ESE UNA, como eje articulador de la red hospitalaria, padece los síntomas de un modelo que ha privilegiado la burocracia sobre la eficacia asistencial, dejando un rastro de precedentes donde la intervención estatal ha terminado siendo más parte del problema que de la solución.

El futuro inmediato de la ESE UNA dependerá de la autonomía que se le permita ejercer a Martínez Charris y de la voluntad política para despolitizar la institución. Los próximos meses serán determinantes: o se logra una estabilización que permita la recuperación financiera y operativa, o la entidad se verá abocada a una crisis de proporciones mayores que obligará a una intervención de carácter estructural, bajo la mirada vigilante de una ciudadanía que ya agotó su paciencia ante la rotación incesante de sus administradores.

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