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El misterio de los 900 mil dólares: el rastro perdido de los recursos para la gramilla de El Campín

Una denuncia del concejal Juan David Quintero pone bajo la lupa a la operadora Sencia y al IDRD por el destino de una millonaria suma que, en teoría, debía garantizar la recuperación del césped tras los conciertos de BTS en Bogotá.

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El misterio de los 900 mil dólares: el rastro perdido de los recursos para la gramilla de El Campín
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

La gramilla del estadio Nemesio Camacho El Campín, templo del fútbol capitalino, se ha convertido en el epicentro de una controversia financiera que trasciende el desgaste natural de un escenario deportivo. La denuncia del concejal Juan David Quintero ha sacudido los cimientos de la gestión administrativa del estadio, al cuestionar el paradero de una cifra astronómica que, según sus hallazgos, habría sido entregada por la banda surcoreana BTS como garantía para la restauración del terreno tras sus presentaciones en la ciudad.

El señalamiento apunta a un pago de 900 mil dólares, equivalentes a más de 2.800 millones de pesos, una suma que se habría desembolsado de manera independiente al canon de arrendamiento y los costos operativos habituales. La preocupación central radica en la evidente precariedad en la que quedó el césped tras los eventos, lo que sugiere una desconexión absoluta entre el capital recaudado y la inversión técnica ejecutada para mitigar el impacto de los espectáculos masivos sobre la superficie de juego.

Para el ciudadano de a pie y el hincha que semana tras semana colma las tribunas, esta cifra no es un dato menor; representa el valor de una gestión transparente que debería garantizar que el espectáculo deportivo no se vea supeditado a los intereses de la industria del entretenimiento. La degradación del campo de juego no solo afecta la estética del estadio, sino que condiciona el desempeño técnico de los equipos profesionales y pone en riesgo el patrimonio público que representa el coloso de la 57.

Ante el vendaval de críticas, la empresa Sencia, encargada de la operación y mantenimiento del recinto, ha comenzado a articular una respuesta que busca desglosar el uso de estos recursos. Por su parte, el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD) se encuentra bajo una presión creciente para auditar los contratos de concesión y esclarecer si los protocolos de restauración fueron cumplidos a cabalidad o si, por el contrario, el dinero se diluyó en una maraña de costos administrativos que poco beneficiaron al césped.

Este episodio se inscribe en un debate histórico sobre la vocación de los estadios en Colombia, donde la dualidad entre ser escenarios para el deporte o centros de eventos masivos ha generado tensiones constantes. La región Caribe y el resto del país observan con atención este caso, pues el modelo de gestión de El Campín suele ser referente para otras plazas que enfrentan desafíos similares al intentar equilibrar la rentabilidad económica con la preservación de la infraestructura deportiva nacional.

El futuro inmediato de este caso se dirimirá en los estrados del Concejo de Bogotá y, posiblemente, en los organismos de control fiscal, donde se exigirá una trazabilidad contable rigurosa. La ciudadanía espera que la respuesta de Sencia no sea solo un comunicado de descargo, sino una rendición de cuentas detallada que despeje las dudas sobre si los recursos destinados a la gramilla cumplieron su propósito o si, en efecto, el estadio fue víctima de una gestión que priorizó la caja sobre la calidad del terreno de juego.

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