En la vereda Plazuelas, un enclave rural de San Bernardo, Nariño, el tiempo parece haberse detenido en la tragedia. Hace poco más de treinta días, la vida de Blanca Pardo, una campesina de 72 años cuya existencia estuvo marcada por la laboriosidad y el servicio, fue truncada de manera violenta en un episodio que ha estremecido los cimientos de la región. El hallazgo de su cuerpo, con signos evidentes de abuso sexual y agresiones físicas severas, no solo despojó a una familia de su matriarca, sino que dejó una cicatriz abierta en el tejido social de un departamento que, una vez más, se ve obligado a mirar de frente la barbarie contra sus adultos mayores.
Los hechos, que aún carecen de una cronología judicial clara, se sitúan en una zona de difícil acceso donde la señora Pardo residía. A pesar de la gravedad del suceso, la investigación parece estancada en un laberinto de vacíos técnicos y falta de pistas contundentes. La víctima, madre de seis hijos, era reconocida en su entorno por la elaboración artesanal de quesos, una actividad que mantuvo incluso tras sufrir dos fracturas en su muñeca —una por una caída doméstica y otra tras ser arrollada por una motocicleta—, demostrando una resiliencia que contrastó trágicamente con la vulnerabilidad en la que fue finalmente abandonada por el Estado y sus agresores.
Para la comunidad de San Bernardo, el caso de doña Blanca no es un evento aislado, sino un recordatorio de la desprotección que enfrentan los campesinos en las zonas más apartadas de Nariño. La indignación ciudadana crece ante la percepción de que, en los territorios rurales, la justicia opera con una lentitud exasperante, dejando a las víctimas a merced de una impunidad que normaliza la violencia de género y el abuso contra la tercera edad. La economía local, basada en el intercambio y la confianza, se ha visto fracturada por el miedo, mientras los vecinos se preguntan quién pudo cometer una atrocidad de tal magnitud contra una mujer que, hasta sus últimos días, fue un pilar de su vereda.
Jenny Pulido, hija de la víctima y voz principal en esta búsqueda de verdad, ha denunciado ante los medios la falta de celeridad en las pesquisas. Sus palabras resuenan como un reclamo urgente a la Fiscalía General de la Nación y a las autoridades departamentales, quienes hasta el momento no han presentado un sospechoso ni una línea de investigación sólida. El dolor de Jenny es el de quien vio a su madre por última vez en agosto, durante una visita al Santuario de Las Lajas, sellando una promesa de reencuentro para diciembre que hoy se ha transformado en una desgarradora lucha por esclarecer cómo y por qué le arrebataron la vida.
Este crimen se inscribe en un contexto regional preocupante, donde la violencia contra la mujer en Nariño ha mostrado cifras alarmantes durante el último año. La geografía del departamento, marcada por la presencia de grupos armados y la precariedad de la presencia institucional, ha facilitado que delitos de esta naturaleza queden sepultados bajo el manto del olvido. La historia de Blanca Pardo es, en esencia, el reflejo de una deuda histórica que el país mantiene con sus mujeres rurales, quienes, a pesar de ser el motor de la seguridad alimentaria y la cohesión social, terminan siendo las víctimas más invisibles de la degradación humana.
El futuro del caso depende ahora de la presión social y de la capacidad de las autoridades para superar la inercia investigativa. Mientras la familia espera respuestas, el debate sobre la seguridad en las zonas rurales de Nariño se traslada a los escenarios legislativos y de control político, donde se exige una intervención integral que garantice justicia para Blanca y protección para quienes aún habitan en la periferia. La cita de diciembre, que debió ser un encuentro familiar, se ha convertido en el plazo simbólico para que la justicia, finalmente, deje de ser una promesa ausente y comience a ofrecer resultados concretos.
¿Quieres enterarte de las primicias antes que todos?
Únete gratis a nuestro canal informativo y recibe alertas verificadas en tu WhatsApp.