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El ocaso de un verdugo: el retorno del pelotón de fusilamiento a la justicia militar estadounidense

Tras más de ocho décadas de inacción, la orden presidencial de ejecutar a Nidal Malik Hassan por la masacre de Fort Hood marca un precedente histórico que sacude los cimientos del sistema penal castrense en Estados Unidos.

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El ocaso de un verdugo: el retorno del pelotón de fusilamiento a la justicia militar estadounidense
Fotografía informativa de la cobertura de Redacción Sucesos. Foto: Archivo.

El sistema de justicia militar de los Estados Unidos se asoma a un umbral que no cruzaba desde el fragor de la Segunda Guerra Mundial. La reciente autorización del presidente Donald Trump para ejecutar a Nidal Malik Hassan, el expsiquiatra del Ejército que tiñó de sangre la base de Fort Hood en 2009, no es solo el desenlace de un proceso judicial prolongado, sino una ruptura drástica con la inercia punitiva que ha caracterizado al Pentágono durante los últimos ochenta años.

Hassan, de 56 años, fue sentenciado a la pena capital en 2013 tras ser hallado culpable de segar la vida de 13 personas y herir a otras 32 en un ataque perpetrado contra soldados desarmados. La orden presidencial despeja el camino para la aplicación de la pena de muerte mediante un pelotón de fusilamiento, una modalidad que no ha sido ejecutada en el ámbito castrense desde 1945, marcando un hito que trasciende la mera aplicación de la ley para adentrarse en el terreno de la excepcionalidad histórica.

Para la sociedad estadounidense, este caso representa una herida abierta que ha tardado más de una década en cicatrizar. La masacre de Fort Hood no solo fue un ataque contra individuos, sino una afrenta directa a la seguridad interna de una nación que, hasta aquel fatídico noviembre, se sentía blindada contra la radicalización interna. La ejecución, de concretarse, reabre el debate sobre la eficacia de la disuasión y el costo moral de aplicar la pena máxima en un sistema que ha preferido el silencio administrativo durante décadas.

Las voces en Washington se han dividido ante la determinación del Ejecutivo. Mientras sectores conservadores celebran lo que consideran una justicia tardía pero necesaria para las familias de los caídos, defensores de los derechos humanos y expertos en derecho penal cuestionan la celeridad y el método elegido. La Casa Blanca ha mantenido una postura inamovible, argumentando que la gravedad del crimen de Hassan, quien juró lealtad a ideologías extremistas mientras portaba el uniforme, exige una respuesta que esté a la altura de la traición cometida.

El panorama legal estadounidense es complejo y está plagado de precedentes que invitan a la reflexión. La última vez que el sistema penal militar aplicó la pena de muerte fue en 1961, cuando el soldado John Bennet fue ejecutado en la horca por delitos de violación e intento de homicidio. Sin embargo, el pelotón de fusilamiento —una figura que evoca los tiempos de la guerra total— ha permanecido como un fantasma en los manuales de procedimientos, sin ser convocado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo que convierte este caso en un anacronismo deliberado.

El destino de Hassan ahora pende de los últimos recursos legales y de la logística que el Departamento de Defensa deberá desplegar para ejecutar una sentencia sin precedentes en la era moderna. Mientras el país observa con atención, el caso se perfila como un testamento de la dureza del sistema penal militar y un recordatorio de que, en la arquitectura de la justicia estadounidense, ciertas deudas de sangre se pagan bajo el rigor de las armas, incluso cuando el resto del mundo ha optado por el camino de la abolición.

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