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La agonía de Mochuelo: el ocaso del modelo de enterramiento en Doña Juana

Bajo las sombras de toneladas de residuos, la comunidad campesina de Ciudad Bolívar resiste a un sistema de disposición que agota su vida útil y desafía la sostenibilidad ambiental de la capital.

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La agonía de Mochuelo: el ocaso del modelo de enterramiento en Doña Juana
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

En los confines meridionales de Bogotá, donde la bruma del páramo debería fundirse con el verde de la labranza, emerge una geografía artificial y fétida que ha redefinido el mapa del sur. La vereda Mochuelo Alto, en la localidad de Ciudad Bolívar, se ha convertido en el epicentro de una tragedia silenciosa donde el paisaje ya no pertenece a los campesinos, sino a las miles de toneladas de desechos que la capital excreta diariamente. Lo que otrora fue un balcón natural hacia la inmensidad de la sabana, hoy es un muro de residuos que asfixia la vocación agrícola de familias que se niegan a claudicar ante el avance del detrito.

Las cifras son tan contundentes como el hedor que impregna la ropa de los lugareños: el relleno sanitario Doña Juana recibe, en promedio, más de 6.500 toneladas de basura cada 24 horas. Este coloso de la ingeniería sanitaria, que opera desde 1988, ha superado con creces las proyecciones iniciales de su diseño, enfrentando crisis históricas como el derrumbe de 1997 y constantes litigios contractuales. La gestión técnica, hoy bajo la lupa por la saturación de sus celdas y el manejo de lixiviados, plantea una encrucijada técnica y legal: la licencia ambiental se agota mientras la ciudad sigue produciendo desechos con una inercia que no admite prórrogas infinitas.

El impacto social en Mochuelo trasciende la estética del paisaje; es una erosión sistemática de la dignidad rural. Los habitantes, herederos de una tradición de labranza y cuidado del suelo, conviven con plagas recurrentes y afecciones respiratorias que se han vuelto crónicas en la población infantil y adulta mayor. La economía local, basada en la papa y la ganadería a pequeña escala, lucha contra el estigma de la proximidad al vertedero, mientras el tejido social se desgarra entre la necesidad de compensaciones económicas y el deseo visceral de recuperar el aire puro que la expansión urbana les arrebató.

Desde la administración distrital y la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP), el discurso oscila entre la optimización de la operación actual y la urgente necesidad de una transición tecnológica. 'El modelo de enterrar basuras es anacrónico', han señalado expertos en urbanismo, mientras que los operadores defienden la viabilidad del predio bajo nuevas celdas de contingencia. Sin embargo, para la comunidad de Ciudad Bolívar, las promesas de modernización suenan a ecos desgastados de promesas incumplidas, exigiendo soluciones definitivas que pasen por la termovalorización o el aprovechamiento real de residuos.

La historia de Doña Juana es el reflejo de una Bogotá que creció de espaldas a su periferia. Durante décadas, el relleno fue visto como una solución periférica a un problema central, ignorando que el crecimiento demográfico convertiría a las zonas rurales en vecinos inmediatos del foco de contaminación. Este fenómeno no es exclusivo de la capital; se replica en el Caribe y otras regiones donde la disposición final de residuos sólidos carece de una visión de economía circular, perpetuando un ciclo de 'usar y enterrar' que resulta insostenible en el siglo XXI y que ignora los derechos de la naturaleza y de las comunidades circundantes.

El futuro de Doña Juana se debate hoy en los tribunales y en las mesas técnicas de planeación urbana. La pregunta no es solo cuánto espacio queda en el suelo de Mochuelo, sino cuánta paciencia resta en sus habitantes. El camino hacia el 'Basura Cero' requiere no solo voluntad política para implementar tecnologías de punta, sino un cambio cultural profundo en la ciudadanía que genera el residuo. Mientras tanto, en las ventanas de Mochuelo Alto, las familias ya no miran a Bogotá; miran la montaña de su propio desecho, esperando el día en que la tierra vuelva a oler, finalmente, a vida.

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