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El fantasma de la zozobra en San Fernando: propaganda insurgente sacude los alrededores del Pascual Guerrero

El hallazgo de un cilindro y consignas alusivas a las disidencias de las Farc activó las alarmas en el corazón deportivo de Cali. Las autoridades descartan un plan explosivo, calificando el hecho como una ofensiva simbólica en un momento crítico para la seguridad del Valle.

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El fantasma de la zozobra en San Fernando: propaganda insurgente sacude los alrededores del Pascual Guerrero
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

La quietud de la mañana en el tradicional barrio San Fernando se quebró con el frío hallazgo de los símbolos de la guerra en el asfalto urbano. A pocos metros del Estadio Olímpico Pascual Guerrero, un recinto que debería ser santuario de la cultura y el deporte, la aparición de un cilindro metálico flanqueado por una pancarta con las siglas de las disidencias de las Farc despertó los peores recuerdos de una ciudad que intenta sacudirse el estigma de la violencia. El despliegue de las unidades antiexplosivos transformó el paisaje cotidiano en un perímetro de cintas amarillas y rostros tensos, evidenciando la vulnerabilidad de los espacios públicos ante la guerra de nervios que hoy libra la insurgencia.

El reporte técnico de la Policía Metropolitana de Cali, tras una inspección minuciosa con guías caninos y técnicos en desactivación, confirmó que el artefacto no contenía carga destructiva. Se trataba de un cilindro vacío, un cascarón utilizado como soporte para un mensaje político-militar del Estado Mayor Central. El material propagandístico fue instalado estratégicamente en una de las arterias que circundan el escenario deportivo, aprovechando las sombras de la madrugada para burlar los cuadrantes de vigilancia y dejar una impronta de presencia territorial en el casco principal de la capital vallecaucana.

Para los habitantes de San Fernando y los comerciantes que orbitan el estadio, el evento trasciende la ausencia de pólvora. El impacto psicológico de ver insignias de grupos armados ilegales en el epicentro de la vida social caleña genera una grieta en la percepción de seguridad ciudadana. No es solo un objeto abandonado; es la irrupción de la dinámica del conflicto rural en el asfalto citadino, un recordatorio de que las fronteras de la confrontación son porosas y que el simbolismo del terror puede ser tan paralizante como una detonación real.

Desde el Centro de Mando y Control, la Alcaldía de Cali fue enfática en desestimar una amenaza terrorista de carácter letal. Los portavoces gubernamentales señalaron que estas acciones buscan generar un eco mediático y una sensación de desgobierno, especialmente en una coyuntura donde la ciudad se prepara para eventos de talla internacional. 'Es una maniobra de distracción y propaganda que no compromete la integridad física de los ciudadanos, pero que será respondida con el fortalecimiento del Plan Titán y la presencia policial en puntos críticos', afirmaron las autoridades locales tras el consejo de seguridad extraordinario.

Este episodio no es un hecho aislado, sino que se enmarca en la creciente presión que los frentes disidentes, particularmente el frente Jaime Martínez, ejercen desde las zonas montañosas del Cauca y el sur del Valle hacia los centros urbanos. La historia reciente de Cali ha estado marcada por esta tensión constante, donde la ciudad actúa como caja de resonancia de los diálogos de paz y las rupturas de cese al fuego. La utilización de 'señuelos' o propaganda armada en perímetros urbanos es una táctica documentada que busca demostrar una capacidad logística que, aunque limitada en lo militar dentro de la ciudad, resulta efectiva en la guerra comunicacional.

Tras el retiro del material y la normalización del flujo vehicular en las inmediaciones del Pascual Guerrero, la Fiscalía General de la Nación inició el análisis de las cámaras de seguridad para identificar a los responsables de la instalación. El debate ahora se traslada a las estrategias de inteligencia preventiva, mientras la ciudadanía exige que el blindaje de la ciudad no sea solo una respuesta reactiva ante cilindros vacíos, sino una política sostenida que impida que los símbolos de la insurgencia vuelvan a profanar los entornos civiles y deportivos de la 'Sultana del Valle'.

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