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La liturgia del retorno: el idilio intacto entre Leandro Paredes y el templo de la Ribera

En la antesala del cruce frente a Talleres por la decimotercera fecha, el mediocampista campeón del mundo desató el delirio de La Bombonera. Una ovación unánime que reaviva la añoranza colectiva por su regreso definitivo.

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La liturgia del retorno: el idilio intacto entre Leandro Paredes y el templo de la Ribera
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

Minutos antes de que la pelota comenzara a rodar sobre el césped de Brandsen 805, el coloso de cemento contuvo el aliento para luego estallar en una sola voz. La aparición de Leandro Paredes en el anillo interno y su posterior asomo hacia las tribunas de La Bombonera paralizó la previa del duelo entre Boca Juniors y Talleres de Córdoba, correspondiente a la decimotercera jornada del campeonato. En un templo donde la memoria emotiva suele pesar más que cualquier contingencia deportiva, la presencia del volante central de la Selección Argentina consagrado en Catar 2022 operó como un recordatorio fulgurante del linaje que une a la cantera boquense con la gloria ecuménica.

El cronómetro marcaba la antesala de los ejercicios precompetitivos cuando la figura del actual futbolista de la AS Roma emergió ante la mirada de miles de gargantas auriazules. Ataviado de civil, con una sonrisa serena que contrastaba con el estruendo de los cánticos de reverencia, Paredes saludó a los cuatro costados mientras desde las populares caía el inevitable ruego: «¡Volvé a Boca, campeón!». El registro de su visita no fue una casualidad fortuita de calendario; aprovechando el receso internacional y compromisos personales en Buenos Aires, el volante acudió al palco oficial, donde compartió un cálido saludo con la directiva encabezada por Juan Román Riquelme, su mentor futbolístico en aquellos días de debut adolescente durante el Apertura 2010.

Para el hincha de a pie, castigado por los altibajos institucionales y las complejidades económicas que distancian al fútbol sudamericano de la élite europea, el gesto de Paredes representó una bocanada de orgullo y pertenencia. En los pasillos del estadio y en las cantinas de La Boca, la conversación desplazó de inmediato los pormenores tácticos del choque ante el conjunto cordobés. Ver a un monarca mundial, en plena plenitud física a sus treinta años, caminar entre los tablones como un aficionado más genera una catarsis colectiva que desafía la frialdad mercantil de los mercados de pases contemporáneos.

«Uno nunca se va del todo del lugar donde aprendió a sentir el fútbol; volver a pisar este césped siempre acelera el corazón», deslizó el mediocampista en un breve diálogo con los cronistas de campo de juego apostados sobre la línea de cal, conteniendo con prudencia las preguntas incisivas sobre los plazos de un eventual desembarco en La Ribera. Por su parte, desde el consejo de fútbol del club han mantenido la cautela estratégica: reconocen las conversaciones permanentes y el deseo mutuo, pero evitan alimentarle falsas ilusiones a un simpatizante que ya sueña con verlo con la camiseta azul y oro en el próximo Mundial de Clubes de la FIFA.

El antecedente de los regresos ilustres en la historia de Boca Juniors marca un sendero sinuoso y lleno de mística, desde las repatriaciones de Diego Armando Maradona hasta el retorno consagratorio de Carlos Tevez en 2015. No obstante, el abismo financiero entre la Serie A italiana y la golpeada divisa argentina obliga a una ingeniería contractual sumamente compleja. Aun así, la huella dejada por Paredes durante sus 31 partidos oficiales en su primera etapa como juvenil bastó para cimentar un cordón umbilical que ni el París Saint-Germain, ni la Juventus ni la Roma han logrado cortar.

Tras la tormenta de aplausos, el futbolista se acomodó en las alturas de los palcos para presenciar la batalla deportiva frente a Talleres, mientras el eco de su nombre flotaba en la atmósfera húmeda de la noche porteña. Las negociaciones formales para un eventual fin de ciclo en Europa y su anhelada vuelta a casa continuarán siendo materia de especulación en los despachos; sin embargo, sobre el asfalto de la calle Brandsen quedó sellada una certeza irrevocable: para el pueblo xeneize, Leandro Paredes ya no es solo una estrella del firmamento global, sino un hijo dilecto cuya habitación permanece intacta a la espera de su regreso definitivo.

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