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El enigma de Blanca Pardo: un mes de silencio judicial tras un feminicidio que estremece a Nariño

A treinta días del hallazgo de la mujer de 72 años en un potrero de San Bernardo, la Fiscalía mantiene abiertas las pesquisas sin capturas. La familia clama por justicia ante un crimen que desnudó la vulnerabilidad de la población mayor en la ruralidad colombiana.

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El enigma de Blanca Pardo: un mes de silencio judicial tras un feminicidio que estremece a Nariño
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

La bruma que suele cubrir la vereda San Bernardo, en el corazón de Nariño, parece haberse trasladado a los expedientes judiciales que intentan esclarecer la muerte de Blanca Pardo. Han transcurrido más de treinta días desde que esta mujer de 72 años, madre de seis hijos, fuera hallada en un estado de indefensión absoluta, marcando un hito de horror que ha sacudido la conciencia de una región acostumbrada a la violencia, pero no a la impunidad frente al ensañamiento contra los adultos mayores.

El 29 de agosto, el hallazgo de Pardo en un potrero remoto reveló un escenario dantesco: la víctima se encontraba desorientada, despojada de sus vestiduras y con signos evidentes de una agresión física brutal. Pese a los esfuerzos médicos en el centro asistencial local y su posterior traslado a Pasto, el cuerpo de la mujer sucumbió el 30 de agosto ante la gravedad de las lesiones. La Fiscalía General de la Nación, bajo la tipificación de feminicidio, ha recolectado testimonios y pruebas forenses, aunque hasta la fecha no se ha emitido una sola orden de captura ni se ha trazado un perfil público del agresor.

Para la comunidad de San Bernardo, el caso de Blanca Pardo no es un hecho aislado, sino un recordatorio punzante de la fragilidad en la que viven los ancianos en la Colombia rural. La ausencia de respuestas oficiales ha generado un clima de zozobra y desconfianza, donde los vecinos temen que el agresor continúe acechando en la misma zona. La economía local, volcada al campo, se ha visto permeada por un sentimiento de inseguridad que ha modificado las rutinas de los campesinos, quienes ahora exigen mayor presencia policial y garantías de protección para sus mayores.

Desde la Fiscalía, las voces oficiales se limitan a señalar que el caso es una prioridad investigativa, aunque los resultados tangibles brillan por su ausencia. Mientras tanto, la familia de la víctima ha denunciado una lentitud exasperante en la recolección de pruebas técnicas, como los registros de cámaras de seguridad y el análisis de las rutas de acceso a la vereda. Los hijos de Blanca Pardo han instado a las autoridades departamentales a no permitir que este crimen se convierta en una cifra más de la estadística de impunidad que suele rodear los feminicidios en el país.

Este suceso se inscribe en una preocupante tendencia nacional donde la violencia de género, a menudo solapada por la ruralidad y el abandono estatal, encuentra en las mujeres mayores un blanco de vulnerabilidad extrema. Históricamente, el departamento de Nariño ha enfrentado desafíos de seguridad complejos, pero la saña empleada contra Pardo ha reabierto el debate sobre la eficacia de las rutas de atención a la mujer en zonas apartadas, donde la justicia suele llegar tarde o, como en este caso, parece extraviarse en el camino.

El futuro procesal del caso depende ahora de la capacidad de los investigadores para conectar los fragmentos de una cronología que aún presenta vacíos críticos. La próxima audiencia de control de garantías, si llegase a producirse una captura, será el escenario donde la sociedad nariñense espera ver el inicio de una reparación simbólica. Por ahora, el expediente sigue abierto, mientras la familia de Blanca Pardo aguarda que la justicia deje de ser una promesa lejana y se convierta en una realidad que devuelva la paz a su memoria.

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