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La fragilidad del patrimonio: el desplome de una escultura en Getsemaní que desata el debate sobre el espacio público

Un video viral en la emblemática Plaza de la Trinidad evidencia la vulnerabilidad de los monumentos ante el turismo desenfrenado. El incidente reabre la discusión sobre la preservación cultural frente a la ocupación recreativa en el corazón histórico de Cartagena.

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La fragilidad del patrimonio: el desplome de una escultura en Getsemaní que desata el debate sobre el espacio público
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

La Plaza de la Trinidad, epicentro de la bohemia y la historia en el barrio Getsemaní, fue escenario de un episodio que ha encendido las alarmas sobre la gestión del patrimonio en Cartagena. En un video que circula con celeridad en las redes sociales, se observa cómo una mujer, en medio de una coreografía espontánea, se apoya con imprudencia sobre una de las esculturas que ornamentan este espacio público, provocando su caída inmediata. El estrépito del bronce contra el pavimento no solo interrumpió la algarabía nocturna, sino que dejó al descubierto la fragilidad de los bienes culturales frente al uso desmedido de los visitantes.

El incidente, ocurrido bajo el amparo de la vida nocturna que caracteriza a este sector, pone en evidencia una falla estructural en la interacción entre el turista y el mobiliario urbano. Las esculturas, piezas de valor histórico y artístico que han sido instaladas para embellecer el entorno, no fueron diseñadas para soportar cargas dinámicas o el peso de personas que las utilizan como puntos de apoyo para sus actividades recreativas. Aunque el daño material está siendo evaluado por expertos en restauración del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena (IPCC), el hecho técnico es claro: la fatiga del material o el anclaje deficiente, sumado a la negligencia del usuario, precipitaron el colapso de la obra.

Para los habitantes de Getsemaní, este suceso es apenas la punta del iceberg de una problemática que los aqueja hace años: la pérdida de la identidad del barrio en favor de una masificación turística que ignora las normas básicas de convivencia. La Plaza de la Trinidad, que antaño funcionaba como el patio trasero de los vecinos, se ha transformado en un escenario donde el respeto por el espacio público parece diluirse entre el alcohol y la falta de pedagogía. La comunidad advierte que, si no se establecen límites claros, el patrimonio seguirá siendo víctima de la desidia de quienes ven en la ciudad amurallada un parque temático sin reglas.

Ante el revuelo mediático, el alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, se pronunció con vehemencia, calificando el hecho como un acto de irrespeto hacia la memoria colectiva de la ciudad. El mandatario instó a las autoridades competentes a revisar los protocolos de seguridad y vigilancia en las plazas del Centro Histórico, subrayando que la administración no tolerará el vandalismo, sea este accidental o premeditado. Por su parte, la Secretaría de Gobierno ha anunciado un refuerzo en los patrullajes para garantizar que el uso de los espacios públicos se ajuste a los manuales de convivencia ciudadana.

Este episodio se inscribe en una larga lista de tensiones que definen la relación entre la Cartagena turística y la Cartagena patrimonial. Desde hace décadas, el Caribe colombiano ha lidiado con el reto de equilibrar la industria del turismo con la preservación de su legado colonial. Getsemaní, declarado Bien de Interés Cultural, ha sido el epicentro de una gentrificación acelerada que, en ocasiones, desplaza las dinámicas sociales locales para imponer una lógica de consumo. La caída de la escultura es, en esencia, una metáfora de cómo la presión sobre el territorio puede terminar por fracturar los símbolos que nos definen.

El futuro de la escultura y de la plaza misma queda ahora en manos de las autoridades de cultura, quienes deberán determinar si la pieza es recuperable o si requiere una sustitución total. Mientras se espera el dictamen técnico, el debate en el Concejo Distrital se encamina hacia la implementación de medidas más estrictas, que podrían incluir la instalación de señalética informativa, barreras físicas de protección o, incluso, la imposición de sanciones económicas para quienes vulneren el mobiliario urbano. La ciudad se enfrenta a la urgencia de educar al visitante antes de que el costo de la indiferencia sea la pérdida irreversible de su patrimonio.

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