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La arquitectura del consenso: Eduardo Verano y el legado de la escucha en la Constituyente de 1991

El gobernador del Atlántico rememora la estatura política de Antonio Navarro Wolff como eje de la reconciliación nacional. Un análisis sobre cómo el diálogo genuino entre antiguos adversarios cimentó las bases de la democracia moderna en Colombia.

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La arquitectura del consenso: Eduardo Verano y el legado de la escucha en la Constituyente de 1991
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

En el epicentro de la memoria política de Colombia, donde el fragor de la guerra suele opacar la sutileza del debate, emerge la figura de la escucha como un acto de rebeldía democrática. Eduardo Verano de la Rosa, hoy gobernador del Atlántico, ha rescatado del archivo de la historia nacional la esencia de lo que permitió el milagro de 1991: la capacidad de reconocer al otro. Al evocar a Antonio Navarro Wolff, Verano no solo rinde tributo a un colega de la Asamblea Nacional Constituyente, sino que traza una línea de continuidad entre el Caribe reflexivo y la insurgencia que decidió transitar hacia la institucionalidad a través de la palabra.

La cronología de aquel 1991 sitúa a 74 delegatarios frente al desafío de reinventar un Estado asfixiado por el centralismo y la violencia. Verano y Navarro, desde orillas ideológicas que en otro tiempo habrían sido irreconciliables, convergieron en un cuerpo legislativo que parió la actual Carta Política. Los datos son contundentes: en menos de cinco meses, este grupo heterogéneo logró desmantelar una constitución centenaria para instaurar la tutela, la descentralización y el reconocimiento de una nación pluriétnica, hitos que, según Verano, habrían sido imposibles sin la disposición de Navarro para procesar el disenso sin convertirlo en enemistad.

Para el ciudadano de a pie, esta lección de carpintería política tiene repercusiones tangibles en la vida cotidiana. La 'escucha' que Verano destaca en Navarro es la que hoy permite que las regiones tengan voz propia frente al gigantismo bogotano y que las minorías encuentren amparo en los estrados judiciales. El impacto social de este estilo de liderazgo se traduce en una democracia que, pese a sus grietas, prefiere el debate parlamentario y la concertación técnica sobre la imposición autoritaria, permitiendo que la economía y la paz social se construyan sobre cimientos de legitimidad compartida.

"Navarro era un hombre que entendía el valor de escuchar", sentenció Verano con la sobriedad de quien ha visto pasar las décadas pero mantiene intacta la convicción del diálogo. Esta postura no es una concesión retórica, sino una definición de poder: el poder de transformar la realidad a través del entendimiento. Las declaraciones del mandatario departamental subrayan que el éxito de la Constituyente no radicó en la elocuencia de los discursos, sino en la paciencia de los oídos, una virtud que hoy parece escasear en los pasillos del Congreso y en las plazas públicas del país.

El contexto regional del Caribe colombiano ha sido, históricamente, un laboratorio de autonomía y resistencia civil. Verano, como uno de los arquitectos de la Región Administrativa y de Planificación (RAP), ve en el legado de 1991 la herramienta jurídica definitiva para la emancipación del territorio. Al recordar su trabajo conjunto con Navarro, se pone de manifiesto que el espíritu de la Constituyente fue, en esencia, un pacto de paz que permitió a figuras de la izquierda democrática y líderes regionales del bipartidismo tradicional sentarse a diseñar un futuro común sin el ruido de las balas de fondo.

Hacia el futuro, la reflexión de Verano de la Rosa plantea un interrogante necesario para las nuevas generaciones de líderes y para el actual debate sobre posibles reformas constitucionales. El desenlace de la historia de 1991 sigue escribiéndose en cada audiencia pública y en cada decisión judicial que defiende los derechos fundamentales. La proyección es clara: recuperar el 'valor de escuchar' es el único camino viable para transitar las crisis actuales. La historia de estos dos hombres, unidos por un texto sagrado para la República, es el recordatorio de que la política, en su estado más puro, es el arte de encontrar la armonía en la diversidad.

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