La mañana de este viernes 23 de octubre de 2026 amaneció con una noticia que los mercados y el bolsillo de los ciudadanos esperaban con cautela: el dólar en Colombia ha profundizado su senda descendente. En las pizarras financieras de Bogotá y en los centros de logística de Barranquilla, el murmullo de la volatilidad ha cedido su lugar a una estabilidad que no se percibía desde hace trimestres. La moneda estadounidense, ese termómetro implacable de nuestra salud macroeconómica, ha decidido dar una tregua, situándose en niveles que permiten a los importadores y al consumidor final vislumbrar un horizonte menos asfixiante.
De acuerdo con la certificación oficial de la Superintendencia Financiera, la Tasa Representativa del Mercado (TRM) para hoy se fijó en
Este descenso tiene un impacto directo y tangible en la cotidianidad de la nación. Para las familias que ya planifican sus gastos de fin de año y para las empresas del Caribe que dependen de insumos extranjeros, cada peso que el dólar retrocede se traduce en una contención de los precios de la canasta básica y la tecnología. La economía real siente el alivio en los puertos de Cartagena y Santa Marta, donde el flujo de mercancías se dinamiza ante una tasa de cambio que, por fin, parece haber encontrado un techo y busca ahora un suelo más amigable para la inversión extranjera.
Desde los despachos oficiales, la Superintendencia Financiera ha mantenido una postura de vigilancia técnica, subrayando que este comportamiento responde a un ajuste moderado pero constante. Las autoridades económicas recalcan que la TRM actual es el resultado de un mercado cambiario que está reaccionando a fundamentos macroeconómicos sólidos y a una confianza renovada en la política monetaria del país. No se trata de un movimiento errático, sino de una tendencia que busca equilibrar la balanza comercial en un momento crítico para la reactivación industrial.
Al echar la vista atrás, el contraste es revelador. El pasado 1 de octubre, el país lidiaba con un dólar que rozaba los