El aroma a carne a la parrilla que durante décadas definió los domingos de la familia colombiana hoy se mezcla con el frío rigor de los expedientes judiciales. Presto, la marca que en los años ochenta desafió la hegemonía de las hamburguesas caseras para instaurar el concepto de comida rápida con sello local, atraviesa su hora más amarga. Sin embargo, en un giro que busca proteger el empleo y el valor de mercado, sus fogones no se apagarán de inmediato. La justicia corporativa ha decidido otorgarle un último aliento operativo, permitiendo que sus locales sigan recibiendo comensales mientras se define si la marca sobrevive en manos de un nuevo dueño o si se disuelve definitivamente en el olvido de los balances en rojo.
La cronología del declive alcanzó su punto de inflexión el pasado 13 de octubre de 2026, cuando se decretó formalmente la terminación del acuerdo de reorganización de Franquicias y Concesiones S.A.S., la firma detrás de la operación de Presto. Ante la imposibilidad de cumplir con los compromisos pactados con sus acreedores, la Superintendencia de Sociedades ordenó la apertura del proceso de liquidación judicial. No obstante, mediante el auto 2026-01-759994, el ente regulador ha emitido una medida excepcional: la continuidad temporal de las actividades comerciales. Esta decisión técnica no es un indulto, sino una estrategia legal para vender el negocio como una 'unidad económica productiva', lo que garantiza un precio de venta superior al que se obtendría rematando sillas, mesas y freidoras por separado.
El impacto de esta noticia trasciende las cifras macroeconómicas y golpea directamente el tejido social de las principales ciudades del país, desde los centros comerciales de Bogotá hasta los puntos estratégicos en Barranquilla y el Caribe. Para el ciudadano de a pie, Presto no es solo una razón social, sino un referente de consumo masivo que sostiene miles de empleos directos e indirectos. La incertidumbre ahora se traslada a los mostradores, donde los trabajadores operan bajo la sombra de una liquidación inminente, pero con la esperanza de que la continuidad operativa atraiga a un inversionista capaz de sanear las cuentas y modernizar una propuesta que parece haber perdido el paso frente a la agresiva competencia de las cadenas 'gourmet' y los gigantes transnacionales.
Desde los despachos oficiales, la postura es de una cautela quirúrgica. La Superintendencia de Sociedades ha enfatizado que esta prórroga en el funcionamiento de los puntos de venta y sus unidades de apoyo es una medida estrictamente orientada a la maximización de los activos. Voceros del proceso han señalado que mantener la marca viva y operando es la única forma de asegurar que los acreedores, entre los que se cuentan proveedores locales y entidades financieras, recuperen el mayor porcentaje posible de sus deudas. La orden es clara: Presto sigue funcionando, pero bajo la estricta vigilancia de un liquidador que supervisará cada ingreso para que no se desvíe del objetivo de saldar el pasivo acumulado.
Este episodio marca un hito sombrío en la historia empresarial de la región Caribe y del país, donde Presto supo ser el líder indiscutible antes de la llegada masiva de competidores globales. El análisis de fondo revela un mercado saturado y una estructura de costos que se volvió insostenible tras las turbulencias económicas de la última década. La marca, que nació bajo el ala de grandes conglomerados y luego pasó por diversos procesos de adquisición, no logró consolidar la agilidad necesaria para adaptarse a los nuevos hábitos de consumo digital y las plataformas de entrega, factores que, sumados a la carga prestacional y los cánones de arrendamiento en zonas de alta plusvalía, terminaron por asfixiar su flujo de caja.
El desenlace de esta crisis se escribirá en los próximos meses en las salas de audiencia y en las mesas de negociación. El éxito de la estrategia de la Superintendencia depende exclusivamente de la aparición de un comprador con el músculo financiero suficiente para asumir el pasivo y relanzar la marca. De no concretarse una oferta por la unidad productiva, el destino será el cierre definitivo y la subasta de los restos de lo que alguna vez fue el imperio de la hamburguesa en Colombia. Por ahora, los locales de Presto permanecen abiertos, en una suerte de vigilia comercial donde cada pedido es un voto de confianza y cada jornada laboral, una batalla contra el cronómetro de la insolvencia.
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