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Entre garitas y repostería: la lección de dignidad de Luis Alfonso Torres en Pereira

Con 24 años, un uniforme de seguridad privada y una nevera portátil cargada de dulces caseros, este joven risaraldense desafía los estigmas clasistas y encarna el pulso de una juventud que rehúsa resignarse a la precariedad.

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Entre garitas y repostería: la lección de dignidad de Luis Alfonso Torres en Pereira
Fotografía informativa. Foto: Archivo / Redacción Sucesos.

Pereira amanece con el rugido de los primeros buses y el vaho húmedo del Eje Cafetero, pero para Luis Alfonso Torres la jornada comenzó varias horas antes, cuando la noche todavía pesaba sobre las esquinas desiertas. A sus 24 años, su cotidianidad no admite pausas ni treguas: despojarse del chaleco y la fornitura de vigilante para enfundarse el delantal de repostero se ha convertido en su disciplina cotidiana. Lo que empezó como un intento doméstico por equilibrar las finanzas del mes cobró repercusión nacional cuando el joven decidió encender la cámara de su teléfono y relatar, sin imposturas ni lamentos, la aspereza de cuidar predios ajenos mientras amasa un porvenir propio.

La rutina de Torres desbarata cualquier mirada superficial sobre el rebusque en Colombia. Cumple extenuantes turnos de doce horas resguardando instalaciones en la capital risaraldense y, en lugar de entregarse al reposo tras las noches en vela, destina sus descansos a batir cremas, hornear y ensamblar postres artesanales —maracuyá, tres leches y cheesecakes empacados con pulcritud— que luego sale a comercializar. Su caso visibiliza la realidad de un gremio que supera los 300.000 trabajadores en el país, sometidos con frecuencia a jornadas desgastantes y salarios que apenas rozan el mínimo, obligando a miles a multiplicar sus fuerzas para cubrir el costo de vida.

El impacto del testimonio de Luis Alfonso no estriba solo en su tenacidad culinaria, sino en la fractura que propinó a un prejuicio soterrado en el tejido social. Durante meses debió escuchar comentarios displicentes de quienes le advertían que un guardia de seguridad debía conformarse con su puesto y abandonar pretensiones empresariales. Frente a la mirada clasista que pretende confinar a los trabajadores de oficios operativos a un papel dócil y estático, Torres enarboló su labor con orgullo, convirtiendo su propia garita en el epicentro de un debate sobre el valor del trabajo y el respeto a quienes intentan salir adelante sin trampas.

"Muchos me dijeron que por ser vigilante no tenía derecho a soñar con una empresa, que me quedara quieto; pero la vergüenza solo debe existir para quien no trabaja honradamente", confiesa Luis Alfonso frente al lente, con el tono reposado de quien conoce de cerca la fatiga. La respuesta ciudadana no tardó en desbordar las plataformas: pedidos multiplicados en Risaralda, mensajes de solidaridad desde Barranquilla hasta Cali y el respaldo de sus propios compañeros de turno, que ahora compran sus productos sabiendo que cada porción vendida acerca a un pariente de oficio a su independencia financiera.

El fenómeno trasciende el algoritmo digital y se inserta en las cifras estructurales de la economía nacional. En el Eje Cafetero, donde el desempleo juvenil y la informalidad han marcado las estadísticas de la última década, el pluriempleo se ha erigido en la única vía de supervivencia y ahorro para las nuevas generaciones. Lejos de las narrativas edulcoradas de autoayuda, la historia de este joven expone la crudeza de un mercado laboral que exige duplicar esfuerzos físicos y mentales para obtener lo que en condiciones de equidad debería garantizar un solo empleo formal.

Sin descuidar las rondas ni los registros de su puesto de vigilancia, Torres proyecta hoy la formalización de su microempresa, el trámite de registros sanitarios y la distribución de sus postres en cafeterías y tiendas de barrio de Pereira. Su aspiración última es consolidar un obrador propio que le permita abrir vacantes para otros jóvenes de su comunidad. Mientras tanto, al filo de la próxima guardia, Luis Alfonso vuelve a abrocharse la placa y a preparar sus moldes, recordándole a un país habituado al desencanto que la dignidad no emana del cargo que se ostenta, sino de la entereza con que se labra el destino.

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